Pasaporte: cubrir el MXGP me enfrentó con lo que significa ser mexicano
POR: Diego Pérez el Dom, 17 de Abril de 2016, 07:00 pm
Diego Pérez | Colaborador
Yo también vivo en esta ciudad... y la padezco Twitter: @icariito
Mi acercamiento a las carreras residía en dos prácticas: ver las competencias por televisión y el apuro de llegar a tiempo a la oficina todos los días.
Mi cobertura del MXGP Guanajuato 2016 comenzó de esa forma. Un Metro Pantitlán abarrotado y el reloj corriendo en mi contra. El viaje sería largo, yo estaba citado a las 10 AM.
No les recomiendo pensar que el periodista vive entre lujos y comodidades.
Salir de la ciudad de México siempre es una complicación. Me esperaba un fin de semana largo y arduo, un privilegio de la carrera periodística es enfrentarse a este tipo de situaciones. Ver de primera mano la historia.
Cuando llegué al transporte de prensa tenía dos cosas en mente: la primera era conocer a los pilotos, la segunda empaparme de este tipo de competencias. Nunca me he subido a una moto.

Salir de la Ciudad de México. Foto: Diego Pérez
Dos horas después viajaba en carretera, leía lo posible y platicaba con mis camaradas de otros medios. Motocross se veía como un tema imbatible y complicado. 17 nacionalidades de completos desconocidos para mí.
A las cuatro de la tarde nos recibía Guanajuato. Como prensa llegar significa apenas el comienzo. Aquel protocolo tuvo como marco el Arco de la Calzada. El monumento simbólico de la ciudad que tiene en su cúspide a un león capado.
Cuenta la historia que los genitales de la estatua fueron cortados por las autoridades por reclamo de la gente. Un ambiente muy distinto al de la capital.

Arco de la Calzada. Foto: Diego Pérez
El resto de la tarde continúa con actos de recepción y un montón de periodistas subiendo notas porque la pluma no se les cae de la mano nunca.
Preliminares
Sábado 16 de abril. Es el cumpleaños de mi novia y aquel es el primer pensamiento que me cruza en la cabeza. Debo atender a lo que vine. El gobierno de Guanajuato nos invita a conocer la ciudad. Estamos en un lugar de costumbres arraigadas. Posteriormente nos dirigimos al Parque Metropolitano.
La pista, el centro de medios, los pilotos y las motos están listos. Se respira un aroma a petricor, las máquinas tipean sobre los escritorios en la sala de conferencias. Recorro aquel lugar que es inédito para mí.

Un lugar distinto. Foto: Diego Pérez
Escucho a lo lejos el encendido de motores en las pruebas mecánicas de quienes volarán por los aires. Comienzan. Quedo anonadado ante tanta potencia y peligro.
Conozco a Eduardo Andrade, el piloto nacional. Confiado observa su motocicleta e intercambiamos palabras optimistas.
Al finalizar aquello comienzo a conocer a los pilotos. En la sala de prensa los periodistas miran atentos las pantallas de sus equipos y escriben de primera mano lo ocurrido. Termina el día y en la recámara del hotel miro el box con mis compañeros en silencio con una cerveza en la mano. En ocasiones este trabajo es solitario.
Gran carrera
Domingo a las 10 de la mañana y vamos de vuelta al Parque Metropolitano. El gran evento ha llegado. Miro con atención a Eduardo Andrade, también a aquellos pilotos que parecen salidos de otro mundo: Febvre y Gajser comienzan a devorar terreno.
Siento una sincera emoción cuando veo los primeros saltos y a lo lejos Andrade queda rezagado cargando con el peso del olvido. Ese es un piloto olvidado que merece más. Me siento conectado con sus dificultades.

Mecánicos alistando la salida a la pista. Foto: Diego Pérez
Aquella competencia es un magnífico espectáculo del cual él también es otro espectador. Lo mira distinto al resto, desde primera fila, dentro de la pista.
No compite y aquello me recuerda a lo que sucede con muchos mexicanos que deben comenzar su vida con desventajas incontables ante las oportunidades que otros países ofrecen a sus habitantes. Un gran cambio en ese sujeto: no se queja de las desventajas, disfruta su momento pues nació para ello.
El día avanza y los resultados son ingratos con Andrade. Se acerca la tarde, la vuelta a la capital y el sonido del tecleo hace una música indescifrable en la sala de prensa.
El periodista está acostumbrado a estas presiones. En estos lugares se vuelve una mancha uniforme que envía letras, imágenes, audios y video a todo el mundo.

Terminamos: aquello que se llama cierre. Cesa el tipeo de teclados y los campeones salen orgullosos. Para los que cubrimos esto se acaba. Mañana será otro día.
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Aclaración:
El contenido mostrado es responsabilidad del autor y refleja su punto de vista, mas no la ideología de jediteam.mx